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El síndrome de la impostora

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Por: Raquel Castro escritora, guionista y promotora cultural Por: Raquel Castro escritora, guionista y promotora cultural

Consiste en sentir que lo que se logra es poca cosa, que tiene que ver con la suerte o la buena voluntad de otros

Por: Raquel Castro

Ellas.mx.- Hace algún tiempo, cuando trabajaba en la Coordinación Nacional de Literatura, organicé una serie de mesas de discusión sobre mujeres escritoras: cada mesa contaba con la participación de tres o cuatro autoras, cada una de ellas representante de una generación, y se les preguntaba acerca de los retos, obstáculos, logros y sueños que habían enfrentado en su experiencia como mujeres y escritoras. Las primeras mesas, dedicadas al cuento, la poesía y el ensayo, resultaron muy interesantes porque nada más con escuchar a las escritoras se podía establecer una línea temporal de los logros que se han tenido a lo largo de los años: las mayores contaban de más casos de discriminación y lucha por obtener derechos, mientras que las más jóvenes sentían que eran pocos los problemas que habían tenido simplemente por ser mujeres. Incluso hubo alguna que dijo que no percibía ningún trato diferente al que recibían sus colegas varones: ni es oportunidades para publicar, invitaciones a congresos o charlas ni en pagos. 

Probablemente no tendría nada qué contarles de este ciclo si no fuera por esta anécdota: cuando fue el turno de las cronistas, llamé a una periodista muy joven y talentosa que me habían recomendado varias personas. Al comunicarme con ella le conté, como había hecho con todas las invitadas anteriores, de qué trataba el ciclo y lo que esperábamos de ella: que platicara sus experiencias y, quizá (si el tiempo y la dinámica de la charla lo permitían) que nos leyera un fragmento representativo de su obra. Ella me respondió de un modo que me desconcertó: “Bueno, pero ¿tú has leído algo de mi trabajo?”, me preguntó. Le dije con sinceridad que no: para estas mesas yo pedía recomendaciones a expertos (sobre todo expertas) en cada uno de los temas precisamente para que no fuera una charla con mis autoras favoritas, sino con aquellas que, por una razón u otra, eran reconocidas y apreciadas por sus propias colegas. “Es que si tú no me has leído, ¿cómo sabes que soy la persona indicada para participar?”, insistió. Debo confesar que me enojé: no sólo estaba poniendo en duda mi ética profesional sino también el criterio de las periodistas, mayores que ella y con incuestionable solidez moral, que la habían propuesto. Tuve que respirar profundamente un par de veces para que este enojo no se me escapara de control y le insistí: yo no podía leer a todos los autores y todas las autoras que participaban en nuestras actividades. Por supuesto, me hubiera encantado, pero ni con todo el tiempo del mundo habría sido posible. Además, justo por eso buscábamos la asesoría de escritores, críticos y académicos (y, claro, escritoras, críticas y académicas). No la pude convencer. “No puedo participar en una actividad si quien me invita no me ha leído”, dijo, y como era exactamente lo mismo que me había dicho ya dos veces (aunque cambiara la forma, el contenido era idéntico) me di por vencida. Había varias otras cronistas que me habían recomendado y, por suerte, todas las demás aceptaron participar sin ningún problema. Las mesas continuaron, el ciclo terminó y yo me olvidé del asunto por mucho tiempo. 

Volví a recordarlo cuando un amigo mío y yo estábamos preparando una antología de cuentos. Queríamos que fuera muy representativa: que incluyera autores de tantos estados de la república como fuera posible, y que tuviera escritores y escritoras a partes iguales. Invitamos, de hecho, al mismo número de hombres que de mujeres... pero al final hubo tres hombres por cada mujer participante. Algunas autoras invitadas nos respondieron que no tenían tiempo. Otras, de plano no nos contestaron. Pero hubo una que me hizo recordar el caso que les platicaba al principio: la autora invitada mandó una historia que le parecía muy buena, bien escrita, con todo lo que hacía falta la antología… Nada más que no era de ella sino de su novio. También nos decía que estaba trabajando en la suya y que nos la enviaría pronto, pero nunca lo hizo. Entonces fue cuando recordé a la cronista que no podía participar si yo no había leído su trabajo. Y recordé también que en todo el tiempo que trabajé en la organización de actividades literarias nunca hubo un hombre que me dijera “no creo estar al nivel de los otros participantes” o “necesito que me digas que te consta que estoy al nivel de los otros participantes”. Tampoco me pasó nunca que un hombre propusiera ceder su lugar en una publicación o en una conferencia o que, cuando leyeran su ficha curricular, se pusiera rojo y dijera “no es para tanto”… Ah, porque sí me pasó ver eso con una mujer. Y en este caso no voy a mantener oculta su identidad. Porque esa mujer que se puso roja mientras leían su ficha y tomó el micrófono para decir, antes que ninguna otra cosa, “Bueno, no es para tanto”…, soy yo.

Oh, sí. Durante años compartí esa inseguridad con las dos escritoras de las que les acabo de platicar. A lo mejor por eso es que detecté a la primera que no era soberbia de una o desinterés de la otra: pertenezco a la misma escuela y conozco a muchas otras mujeres que cojean del mismo pie. En mi caso, era una especie de modestia extrema: si alguien decía que yo era experta en algo, yo contestaba de inmediato: “oh, no; soy una aficionada obsesiva, pero de ahí a ser experta está lejos”; si uno de mis alumnos decía que mi clase era su favorita, de inmediato respondía: “es gracias a ustedes, que se esfuerzan”; si alguien se acercaba a decirme que le gustaba un cuento mío, yo balbuceaba algo del tipo: “es un jueguito, no creo que llegue a cuento”… De hecho, cuando estaba escribiendo mi primera novela no me atrevía a decirle así, novela: “Estoy escribiendo un coso”, decía si alguien me preguntaba, porque la palabra “novela” me parecía demasiado grande, portentosa. En otra gente me sonaba justa, pero en mi boca parecía pretenciosa. De hecho, una de mis estrategias favoritas era desviar la conversación: si me decían “oye, ¿qué estás escribiendo?” yo decía: “ah, es un coso… trata acerca de una chava… ahí voy, es más que nada por entretenerme… ¿y tú en qué andas?” y me volcaba sobre lo que estuviera haciendo mi interlocutor. También pensaba que mi trabajo salía bien porque no había forma de que saliera mal; que hacer guiones de tv es facilísimo (porque si yo podía hacerlos, cualquiera podía) y que era absurdo que yo me considerara experta en nada: de cualquier tema, lo que sé es muchísimo menos que lo que ignoro, pensaba. Y todavía lo pienso, pero ahora no creo que eso signifique que mi opinión sobre uno de esos temas sea un fraude.

No diré que me volví la persona más segura del planeta; pero sí que aprendí a detectar mis inseguridades y mantenerlas más o menos a raya. Sobre todo, aprendí que no estoy sola en esto, y que no se trata de estupidez o maldad: de hecho, es un fenómeno tan frecuente (sobre todo entre mujeres que se dedican a actividades creativas, académicas o de negocios) que hasta tiene nombre en el mundo de la psicología: le llaman síndrome de la impostora. A diferencia de la baja autoestima, que no permite hacer nada, el síndrome de la impostora consiste en sentir que lo que se logra es poca cosa, que tiene que ver con la suerte o la buena voluntad de otros y que es cuestión de tiempo que descubran que hay gente más capaz o talentosa que merecería las oportunidades que una tiene. Probablemente, una de las causas es la educación tradicional, esa que de muchos modos, algunos sutiles y otros muy claros, hace que las mujeres nos sintamos “fuera de lugar” cuando realizamos actividades que, por algún motivo, se consideran “impropias de nuestro sexo”. 

La buena noticia es que si una se percata de estos mecanismos, es posible controlarlos e incluso irlos erradicando poco a poco. También es posible detectarlos en otras personas y ayudarles a aceptar que sus logros son merecidos y que se deben a su esfuerzo. Si yo pudiera volver en el tiempo, con eso que sé ahora, iría a platicar con aquella cronista para decirle que no necesitaba de mi aprobación para saber que su trabajo tenía valor y que no era una forma de corrupción participar en una mesa si sus colegas la recomendaban, aún si la persona que la iba a entrevistar aún no la había leído. También iría a visitar a la cuentista que le cedió su lugar en la antología al novio para decirle que a veces invitan a uno y a veces al otro, pero que nadie debe sentirse culpable si en una ocasión dada el reconocimiento (o una invitación) le llega a ella y no a su pareja.

No puedo viajar en el tiempo: pero puedo invitar a mis lectores y lectoras a pensar un poco en esto, justo ahora que conmemoramos el día de la mujer y que analizamos los logros y los retos que aún debemos conquistar. Si todo esto que les conté sirve para que al menos una mujer se detenga a pensar que no es una  impostora, que cada meta que ha alcanzado se ha debido a un gran esfuerzo personal y que es perfectamente válido que se sienta orgullosa de sus éxitos, me daré por bien servida.  

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