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In Memoriam: Carlos Monsiváis y la lucha contra el Sida

“Definitivamente salir VIH positivo en la prueba es muy traumático. Es por esto que además de la vergüenza, es natural que te sientas asustado, desamparado, bravo, solitario, atontado o hasta llegues a pensar en el suicidio. Recuerdo lo difícil que era decirle a alguien que eras el único hombre que deseaba a otros hombres. Conseguir apoyo en esta situación es muy importante. No estés tan seguro que tus amigos te juzgarán con dureza. A menudo ellos estarán más preocupados por cómo ayudarte en esta situación que por juzgarte”.

Carlos Monsiváis

MundoDeHoy.com / LaSalud.mx .- En diciembre de 2008 en el marco del Día Mundial de la Lucha contra el VIH/Sida, en la fiesta-ceremonia de celebración de los 20 años de CONASIDA-CENSIDA, donde se otorgaron premios y reconocimientos a destacados activistas, ONG´s y autoridades, la presencia del laureado y entrañable escritor (quien obviamente recibió uno más de sus incontables reconocimientos) no se hizo esperar.

Desenfadado, fiel a su costumbre, aunque esa vez, con saco. Sus gustadas y festejas palabras eran las más esperados por el público: “va a hablar Monsiváis”, se murmuraba. Ese día del 17 de diciembre el cronista leyó un sentido texto con dedicatoria: “…Para los que han muerto más de una vez”

Colaboradores ambos en un titipuchal de revistas (yo en los 70 y 80, él Siempre), como en muchas ocasiones, esta vez coincidimos en el festejó del Paseo del Ángel de… la Zona Rosa. Pese a que no nos frecuentábamos, esta vez charlamos después de un buen de años… Y de paso: “ver si nos haces el favor de honrar nuestra próxima edición con un texto sobre el VIH/Sida”, le solicitamos tal cual. Generoso y afable concedió con un simple, “Sí está bien, ¿a qué correo te lo mando?”

Tres días después nos llegaría su colaboración, misma que se publicaría a finales de diciembre en Milenio Diario en la edición impresa de LaSalud.mx. Hoy a manera de agradecimiento, y por el valor intrínseco del mismo texto, lo seguimos recordando, e igual que siempre, sigue honrando y engalanado nuestras ediciones.

¡Gracias tocayo!

Carlos Henze

 

De las maneras de prevenir y resistir la pandemia

Por: Carlos Monsiváis

Al final de su gran novela La Peste, Albert Camus consigna los pensamientos del doctor Rieux, suscitados por las celebraciones del pueblo de Orán, sobrevivir a las acometidas de la plaga. Rieux se afirma en su propósito: permanecer lúcido y “terminar su crónica”:

El no quería ser uno de aquellos que se aferran a su condición pacífica, sin dar testimonio a favor de aquella gente golpeada por la plaga; para que así logren permanecer algunos recuerdos del horror y las injusticias que padecieron; y así afirmar con sencillez lo que se aprende en el tiempo de la peste: hay más cosas admirables que despreciables en los seres humanos.

En 1985, el actor Rock Hudson, acepta estar enfermo del Sida o el AIDS (Muere poco después). Este hecho, cuyo impacto trasciende lo simbólico (una gran figura de Hollywood declara su homosexualidad, obligado por la pandemia que afecta a los de su especie), establece de inmediato el carácter de la enfermedad nueva; es mortal, despoja a los organismos de sus defensas básicas, se convierte en una tortura centuplicada y se especializa en agonías cruentas con ceguera, pérdida de la razón, disminución atroz de peso, diarreas, enfermedades “oportunistas” al mayoreo.

La pandemia diezma a los gays que recién estrenan su versión de la “Revolución sexual”, y desata el prejuicio, la intolerancia extrema, el pánico moral (“No coma en platos usados por un sidoso/ No viva en la casa de un homosexual”).

Los ejemplos de segregación son constantes: médicos y enfermeras reacias a atender enfermos, ignorancia que hace las veces de repetición de condenas de muerte, familias que expulsan a uno de sus integrantes “para salvar al resto”, vecinos del departamento de un enfermo que sacan sus pertenencias a la calle...

Surge la respuesta de la comunidad gay, cuyos integrantes en Estados Unidos y Europa primero, y luego en donde es posible, crean grupos y organizaciones, atienden enfermos, divulga las medidas de prevención, llevan comida, lavan ropas, instalan albergues, son, en síntesis, la vanguardia moral indispensable que señala la diferencia con la hostilidad y la decisión no tan subterránea de exterminio. Son años de dureza excepcional, de enfermos que mueren sin que se les pueda conseguir morfina, de “medidas profilácticas” que incluyen la quema de las propiedades de los muertos, de familiares que comparten el desprecio reservado a sus enfermos. Poco a poco, sin embargo, algo de racionalidad se impone y en esto influye el movimiento internacional, muy especialmente el de Estados Unidos.

La propaganda se da a través de films (Filadelfia, Longtime Companion, docudramas de televisión), de libros, de explicaciones médicas, de las recomendaciones del condón, el elemento que marca la diferencia.

En México, los activistas antisida van a las universidades y explican el carácter de la enfermedad, reparten folletos, presionan en la Secretaría de Salud, ayudan a la organización de los grupos de enfermos. Entre los términos que se despliegan está lo imprescindible: dignidad. Los enfermos exigen ser tratados con dignidad y morir con dignidad; con esto, introducen un elemento fundamental: la calidad de vida, ese concepto ya endiosado, exige el respeto profundo a las condiciones catastróficas de los organismos. No se explica la calidad de vida sin la dignidad; a la hora de la muerte, algo que no es una frase sino una demanda a los servicios de salud, a las familias, a la sociedad: los enfermos no son ni pueden ser culpables.

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Se intensifica el conocimiento de la enfermedad, con el nuevo vocabulario y los términos que se expanden: VIH, las Enfermedades de Transmisión Sexual (ITS), Hombres que tienen Sexo con Hombres (HSH). Los activistas informan, distribuyen condones y lubricantes, llegan a acuerdos con las autoridades, previenen a los gays sobre los enormes riesgos del sexo anal sin protección (el barebcking), introducen el condón femenino. Al mismo tiempo, sin “deshomosexualizarse” la enfermedad (la mayoría de las infecciones se producen todavía en el medio gay), aumenta el número de mujeres (esposas o compañeras de migrantes, en buena medida), de heterosexuales y de niños.

La intolerancia, disminuida, nunca desaparece. Un empresario veta la propaganda de los condones en la televisión, los despidos de los seropositivos persisten, y el sida es un pretexto conveniente para los crímenes de odio: “Me quiso infectar”. Pese a todo, el gobierno federal y las autoridades de salud admiten la magnitud del problema, y aumentan los recursos de Conasida (que será Censida), para la distribución de condones, la promoción de spots radiofónicos (vilipendiados por la derecha), la movilización nacional. Al respecto ya abundan experiencias muy aleccionadoras. Un ejemplo:

Definitivamente salir VIH positivo en la prueba es muy traumático. Es por esto que además de la vergüenza, es natural que te sientas asustado, desamparado, bravo, solitario, atontado o hasta llegues a pensar en el suicidio. Recuerdo lo difícil que era decirle a alguien que eras el único hombre que deseaba a otros hombres. Conseguir apoyo en esta situación es muy importante. No estés tan seguro que tus amigos te juzgarán con dureza. A menudo ellos estarán más preocupados por cómo ayudarte en esta situación que por juzgarte.

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Por lo común, los escritos sobre sida se concentran en dos de los varios niveles del sida y del VIH: la enfermedad y el cerco social. Nunca antes, desde la lepra medieval y la sífilis del siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX, una pandemia se rodeaba de tantas y tan enconadas precauciones morales y obligaba a tantas decisiones éticas. En los primeros años, la iglesia católica calificó al sida de “castigo de Dios” (como antes a la lepra y la sífilis), pero tal aberración condenatoria dura poco —la ciencia no se desarrolla en vano—y el clero y la derecha se concentran en la prohibición de los condones, uno de los graves problemas de África según el papa Ratzinger en su discurso a los obispos del continente. En el discurso se equiparán las medidas de prevención del sida con el aborto, el adulterio y la homosexualidad.

Este reaccionalismo viene a menos, pero no amengua lo suficiente la condición “prohibida” de la pandemia, el evitar hablar de ella, su expulsión del mapa noticioso.

Es importante la difusión de las informaciones sobre la enfermedad, de las medidas para prevenirla, de las gravísimas consecuencias del prejuicio. Es fundamental no ceder al pánico moral y distinguir entre leyendas y realidades. Leer los libros y manuales sobre el sida aporta a cada persona conocimientos no sólo sobre la enfermedad sino sobre su reacción ante el prejuicio. Es urgente examinar muy críticamente los estigmas y las discriminaciones, que sustentan las falsedades tan abundantes sobre este tema; es preciso analizar la homofobia interna, algo inevitable en sociedades homofóbicas (todas).

 

Este artículo se publicó en la versión impresa de la Revista LaSalud.mx en Milenio Diario e Instituciones de Salud, puede consultar la Edición Digitalizada en https://issuu.com/grupo-mundodehoy/docs/diciembre_2018

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